lunes, 28 de junio de 2010

- LA ANTIGÜEDAD / Los godos / Cristo Redentor junto a San Hermenegildo y San Eduardo Mártir/ Annibale Carracci / 1597 / Galería Palatina / Palacio Pitti / Florencia
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Cristo Redentor* ........................._____.... ...................... Annibale Carracci / 1597..
Barroco italiano / Escuela boloñesa..
Óleo sobre lienzo / 194 x 142 cm..
Palacio Pitti / Florencia..



Leovigildo, el rey fuerte (III) / La conversión de Hermenegildo
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Ya en Hispalis -Sevilla-, el proceso cambia de dirección: ahora, según parece, es Ingundis, la que, ayudada por un por entonces simple monje de nombre Leandro, futuro obispo hispalense, trata de convertir a Hermenegildo a la fe de Nicea.

Hermenegildo, en principio, se negó; negación en la que, a buen seguro, además de sus creencias anteriores, mediaría el deseo de no enfrentarse a su padre. Pero su oposición no tardó en saltar por los aires. Hermenegildo acaba abrazando la fe católica, bautizándose con el nombre de Juan.

¿En qué medida, dado el evidente automatismo que el cambio de religión tenia como indicador de enfrentamiento político, la decisión de Hermenegildo obedeció sólo a instancias éticas, o fue, por el contrario, un pretexto perfecto para romper con su padre y alzarse en rebeldía desde la Bética? He aquí una cuestión a la que posiblemente nunca se pueda responder con exactitud.

De cualquier forma, enterado Leovigildo de la conversión de su hijo mayor, intenta agotar la vía del diálogo antes de lanzarse a una solución drástica. Ello prueba, en cierto modo, no ya sólo la serenidad del monarca, sino su creencia, asimismo, en la posibilidad de matizar la cuestión religiosa que ponía en grave peligro su proyecto de unificación peninsular.

Según cuenta San Gregorio de Tours, Hermenegildo se negó a acudir a Toledo ante la llamada de su padre:

"No iré, me esta vedado, porque soy católico"

Ésas fueron, según el turonense, las palabras que respondió Hermenegildo, justificando su actitud, lo que pone de manifiesto la difícil y áspera problemática de la política religiosa de Leovigildo, tildada con frecuencia de poco tolerante para con los católicos del Reino, lo cual se verificaría desde el implacable tono persecutorio.

Pero el asalto frontal a esa cuestión tal vez tenga más sentido tras el conocimiento detallado de cómo se desarrolló la guerra civil entre padre e hijo, que es, al tiempo, guerra entre la Bética y Toledo, y, llevando las cosas a un plano más extenso, guerra solapada entre el arriano Reino Hispanovisigodo y la provincia bizantina de Spania.

.Pila bautismal visigoda / Siglos VI al
.VII ./ Museo Arqueológico de Sevilla
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Las pilas sustituirían poco a poco a los antiguos baptisterios, a medida..
que el bautismo por aspersión reemplazaba al bautismo por inmersión..



Los limites reales de la rebelión
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Es evidente, desde luego, que el iniciador de la guerra civil fue Hermenegildo. De hecho, conviene dejarlo bien sentado, pues el monarca legítimo se limitó a reaccionar frente a una descarada provocación, y ello, también es preciso repetirlo, después de intentar la solución del problema mediante los cauces estrictamente diplomáticos. Que Hermenegildo, a través de San Leandro, solicitó ayuda de Bizancio es algo que sabemos por el testimonio de Gregorio de Tours.

San Leandro de Sevilla, en efecto, a pesar de su repugnancia inicial a pactar con los bizantinos, se vio obligado a acudir a Constantinopla, desde donde regresa apresuradamente a Carthago Spartaria -Cartagena-. Su gestión, con todo, fue poco eficaz, no tanto por su falta de habilidad, como por las dificultades objetivas del Imperio de Oriente, acosado en muchos frentes, para intervenir en el espacio hispano, máxime a sabiendas de los riesgos que enfrentarse con Leovigildo comportaba.

Pero, fallida la intervención bizantina, ¿cuáles fueron los límites que, dentro de la Península, enfrentaron a los dos bandos en pugna? ¿Fue esta una lucha entre godos –Leovigildo- e hispanorromanos –Hermenegildo-, como en ciertas ocasiones se ha afirmado? ¿Fue, acaso, una lucha entre católicos y arrianos? ¿Fue una lucha entre las dos Hispanias, la meridional y la centro-oriental? San Isidoro apunta en su Historia Gothorum que el pueblo de los godos se dividió, tras la rebelión, en dos bandos, y ello hace pensar que la guerra civil lo fue en el sentido más estricto de la expresión: una guerra entre dos facciones de los godos, con nula intervención hispanorromana.

Cada una de las facciones, en líneas generales -pero sólo en líneas generales-, poseía una fe: el arrianismo, unos; el catolicismo, otros. Pero ese motivo, esencial, no era único ni excluyente. Como afirma Thompson, tras una seria revisión de las fuentes -San Isidoro, Gregorio de Tours, y el Biclarense-.

La revuelta fue esencialmente un conflicto de godos contra godos, no de godos contra romanos. Esto no significa que todos los godos que apoyaron a Hermenegildo se hubieran necesariamente convertido al catolicismo junto a su jefe, o que mostraran inclinación al catolicismo.

A lo que añade:

No tenemos motivos para pensar que las fuerzas que se enfrentaron en la revuelta fueran en su mayor parte godos por un lado y romanos por otro. No se nos dice en ningún lado que Hermenegildo encontrase apoyo en los romanos del Sur de Hispania, ni que hubiera habido movimientos de simpatía y apoyo hacia él por parte de la población romana del Centro y del Norte. (…) En verdad, los grandes terratenientes podían tener pocos motivos de quejas con un rey que había devuelto la paz y la unidad.


Dintel.de.San.Hermenegildo ./. Mármol ./. 23,5 x 180 x 15 cm..
Campiña de Sevilla / 581 -582 / Museo Arqueológico de Sevilla..
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IN NOMINE DOMINI ANN(O F)ELICITER SECVNDO REGNI DOM(I) NI NOSTRI ERMINIGILDI REGIS QVEM PERSEQVITUR GENETOR SVS DOM(INVS) LIVVIGILDVS REX IN CIBITATE(M) ISPA(LENSEM) DVCTI AIONE

En el nombre del Señor, en el año segundo del feliz reinado de nuestro señor Hermenegildo, el Rey, a quien persigue su padre, nuestro señor el Rey Leovigildo traído a la ciudad de Sevilla para siempre



El reinado de Hermenegildo
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Siguiendo con el discurso de los acontecimientos, nos hallamos emplazados en el hipotético momento de la ruptura, hecho que se produce con la negación de Hermenegildo a acudir a Toledo. El "tirano" se erige, desde aquel instante, en "otro" rey, instalándose en Sevilla, capital de su ficticio reino, y rodeándose de todas las prerrogativas que la ostentación del título comportaba. Entre otras medidas, acuña moneda propia con la inscripción, típicamente bizantina, "Que Dios conceda vida al Rey".

Cómo organizó y administró el territorio Hermenegildo es, sin embargo, algo desconocido, acerca de lo cual sólo pueden emitirse hipótesis infundadas. ¿Hasta qué punto modificó la estructura imperante en los años anteriores? ¿Cuál fue su política para con los arrianos del Reino? ¿Existió un nítido y absoluto consensus entre la población romana que quedó bajo sus dominios? ¿Albergó el monarca, en alguna ocasión, la idea de convertirse en el único rey de Hispania o, por el contrario, se limitó a defender su zona de influencia?

Preguntas todas ellas de difícil respuesta. Todo parece indicar que, de hecho, el afán expansionista de Hermenegildo fue escaso, cuando no nulo. Su rebelión no era el caso típico de la tiranía goda, al modo, por ejemplo de la "tiranía" de Atanagildo. Este último fue un usurpador, esto es, alguien que se levanta contra el poder legítimo con el declarado propósito de reemplazarlo, de sustituirlo haciéndolo suyo. Las ideas de Hermenegildo iban, al parecer, en otra dirección. El no deseaba ni suplantar ni eliminar a Leovigildo, sino, simplemente, coexistir junto a él. De alguna manera, y dentro de los límites que cualquier consideración sobre la guerra civil supone, puede afirmarse que el sueño de Hermenegildo se cifraba en lograr la autonomía político-religiosa de la Bética, dividiendo a Hispania en dos reinos, uno arriano y otro católico. De nuevo las dos Hispanias, aunque ahora con perfiles distintos. Objetivamente considerado, el sueño de Hermenegildo, condicionado tal vez por el respeto a su padre y el temor a la propia guerra, era una radical involución, pues, en efecto, Leovigildo, tras una serie continuada de años caóticos, había encauzado la política de la Monarquía hacia la ruta de la unificación territorial sobre la base de un Estado fuerte capaz de restaurar la vieja nacionalidad goda en toda su grandeza. Históricamente, el dado por Leovigildo fue un gran paso adelante, un paso necesario, casi imprescindible. En consecuencia, todo lo que fuera detener el recién iniciado proceso poseía rasgos involutivos.

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San Leandro, obispo de Sevilla ............ .............
Bartolomé Esteban Murillo / Hacia 1665..
Barroco español / Escuela sevillana..
Óleo sobre lienzo / 193 x 165 cm.
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Catedral de Santa María de la Sede / Sevilla..


Las claves del conflicto
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Pero, naturalmente, la consecución del proyecto leovigildiano no era en absoluto sencilla, de entrada, porque la creación de un Estado visigodo fuerte y viable pasaba por la fusión de godos y romanos, dado el carácter superestructural del asentamiento visigodo y la superioridad demográfica y cultural del elemento teóricamente invadido. La creación, pues, de un Estado sólido, institucionalmente cristalizado, comportaba erigir y constituir un Estado hispanovisigodo.

Y aquí, en segundo lugar, se levantaba otra colosal dificultad, a saber: la nada inesencial diferencia religiosa. Los godos tenían una religión «distinta». ¿Qué podían hacer? ¿Imponer la suya? ¿Aceptar la de los otros, reconociendo con ello una cierta superioridad moral del pueblo invadido? Difícil cuestión, sobre la que, sin embargo, gravita todo el andamiaje estructural del período.

Hermenegildo salió al paso del dilema ofreciendo una solución histórica desacertada: la división en dos reinos separados por la fe y, a la larga, por evidentes criterios culturales.

Leovigildo, por su parte, no podía aceptar esa solución que, en virtud de toda su ideología, ratificada con su política unificadora de la década anterior, le parecería descabellada cuando menos.

Por eso, para él, el problema no se planteaba, en sus inicios, como una cuestión religiosa sino, simplemente, como un elemento disgregador más: la Bética, del mismo modo que cualquier otra región, se salía de su plan unificador y, en ese sentido, desde esa perspectiva, era preciso enfrentarse al problema. Que, secundariamente, mejor aún, implícitamente, se involucraba el plano religioso parece obvio. Pero, por decirlo de alguna manera, no planteaba una problemática a largo o medio plazo. Ahora, lo inmediato, lo que Leovigildo tenia ante sus ojos era, en toda su desnudez, una rebeldía que atentaba contra su concepción unitaria del Trono y del Estado. Ello explica, al menos en parte, la desfavorable opinión de los cronistas, aun católicos, para con la tiránica actitud de Hermenegildo, pues, en efecto, aun cuando siempre se ha interpretado la acción de Hermenegildo como básica para la consecución hispánica de la catolicidad -no se podría entender a Recaredo sin el genial aldabonazo de su hermano ni sin su sacrificio como mártir-, lo cierto es que ni el Biclarense ni el propio San Isidoro, cuyo hermano, San Leandro, fue el instigador de Hermenegildo, tratan con especial simpatía la figura del hijo sublevado. Evidentemente, como ha demostrado Thompson, la razón de semejante actitud se explica también desde la aversión, lógica, hacia el fenómeno tiránico mismo y, para el caso concreto de Hermenegildo, a que "tras la conversión de Recaredo y el establecimiento de un Estado católico no se consideró oportuno asociar el catolicismo con la rebelión, especialmente con una rebelión que había producido una enorme devastación en Hispania y que había sido apoyada por los bizantinos".



Triente acuñado por Leovigildo /583 ....


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CVM DE(O) O(BTINUIT) ETALICA
Con. Dios. .conquistó. . Itálica






La reacción de Leovigildo
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Hemos visto ya cómo el monarca godo intentó al principio la vía negociadora y cómo ésta le resultó un fracaso. Pese a ella, sin embargo, Leovigildo no se inmutó demasiado. Su reacción no fue, pues, automáticamente airada. La rebelión de Hermenegildo era para él un problema -y serio, sin duda-, pero no el único problema. Por ello, y en la medida además que se trataba de una cuestión semejante a las que le quitaban el sueño, Leovigildo no abandonó sus planes anteriores para, a toda prisa, acudir a la Bética y sofocar in situ la rebelión.

En cierto modo, los apoyos de Hermenegildo -bizantinos en primer lugar, y suevos del rey Miro, en segundo- cuestionaban una lucha que tenía ya perfiles crónicos dentro del centro de sus intereses.

Pero cada asunto a su tiempo.

La rebelión de Hermenegildo se abre en el invierno del 579, pero hasta bien entrado el 581 Leovigildo no se ocupa de lleno de la Bética rebelde. Esos dos años de inatención, así como la pasiva actitud durante los mismos de Hermenegildo que, en condiciones favorables -Toledo desguarnecida en virtud de las campañas de Leovigildo en el Norte-, se limita a dejar pasar el tiempo, son sumamente significativos: de un lado, Leovigildo atestigua su serenidad y el verdadero alcance que confería al problema; de otro, Hermenegildo y su nulas ambiciones expansionistas y por erigirse como el monarca de todos los godos.

En 580, apenas enterado de la conversión de Hermenegildo, el monarca, sin pérdida de tiempo, se reúne en un Concilio arriano con la explicita finalidad de facilitar a la población el paso del catolicismo al arrianismo, "nuestra fe católica", como reza en las decisiones del Sínodo. Con este propósito, como ya vimos, se eliminó la necesidad del bautismo arriano para la conversión.

La medida de Leovigildo fue, a corto plazo, además de inteligente, de extraordinaria eficacia, y, según el testimonio de San Isidoro y el Biclarense, como es obvio, ambos católicos, las conversiones, acompañadas de ciertas mejoras económicas, fueron frecuentes y, en ocasiones, masivas.

Algún obispo católico incluso -tal es el caso de Vicente de Zaragoza, como ya se mencionó- se pasó al arrianismo. Todo ello prueba una cosa harto evidente: que Leovigildo, consciente de la imperiosa necesidad de llevar a cabo la unificación religiosa de su reino, pretendió en principio hallar la solución al problema convirtiéndole todo él en arriano. Medidas como las tomadas en el Concilio del 580 son expresivas de ese intento. Y no cabe duda de su éxito inmediato. Pero el país, conviene no olvidarlo, estaba habitado por entre ocho y nueve millones de católicos, una cifra demasiado elevada para los planes utópicos de Leovigildo.

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. .. * .En la parte superior aparece representado Cristo, flanqueado por San Pedro y San Juan
. .. .. Evangelista. En .la . Inferior,. a. la .izquierda,. María. Magdalena .y. San. Hermenegildo,
. .. .. copatrón .protector,. junto. a .San.Fernando, de la monarquía española; y a la derecha,
. .. .. San Eduardo, .homólogo. de .aquellos .en .relación. a .la monarquía inglesa, y Odoardo
. .. .. Farnesio
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Suena: Chevaliers de Sangreal

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3 comentarios :

CarmenBéjar dijo...

Jose, pásate por mi blog porque tienes un regalito.

Un saludo

Daphne Rosas dijo...

José,

Como que todo esto fué complicado, un estira y encoje tremendo. Al fin de cuentas, nadie nunca sabrá las verdaderas razones de estas diferencias ya que el tema de la religión y las creencias siempre a sido escusa para crear estas separaciones, diferencias y batallas.

Saludos,

Jose dijo...

Así es, Daphne, lo cual, es decir, el hecho de que haya sido instrumentalizada, no hace intrínsecamente perniciosa, en principio, la fe de las gentes que pueblan el planeta, sea cual sea. En cualquier caso, el hombre siempre encontrará -ya lo viene haciendo- nuevos motivos para proceder del modo que dices, motivos que pueden resultar loables, e incluso utópicamente hermosos..., a ojos de la opinión pública... No hay más que mirar en derredor para darse cuenta de ello, así es que no pongo ejemplos, lo dejo ahí... Y es que sostener la libertad, la justicia, la paz, la ecología o la economía, ejem, para empezar, tiene un precio..., aunque sea caro y no queramos verlo...

Que tengas una muy feliz tarde.

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