jueves, 24 de junio de 2010

- LA ANTIGÜEDAD / Los godos

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Apoteosis de San Hermenegildo* ....................... Francisco de Herrera el Viejo / 1620 .
Barroco .español / Escuela
.sevillana .
Óleo
.sobre .lienzo ./. 523 x 326 .cm..
Museo .de .Bellas .Artes .de .Sevilla .



Leovigildo, el rey fuerte (II) / Hacia la guerra civil
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En el último tercio del siglo VI la península Ibérica seguía presentando una contradicción esencial que, tarde o temprano, había de estallar: la dualidad entre la oligarquía visigoda y la mayoría de la población hispanorromana. Como ya hemos visto, algunos factores externos, como la persistencia del Reino Suevo en Gallaecia, las rebeliones de los cántabros y vascones en el Norte y la presencia bizantina en la Bética, lejos de contribuir a resolver el problema, como es lógico, ayudaron a agravarlo. En medio de este complicado panorama emerge la figura de Leovigildo. Él, que gozó de un poder casi absoluto, fijó definitivamente la capital en Toledo y personificó el programa de unificación de este momento histórico.

Empezó su reinado neutralizando la amenaza secular de los francos mediante una maniobra diplomática que se iba a repetir innumerables veces a lo largo de la historia de las monarquías europeas hasta la Edad Moderna: casó a sus hijas con los reyes vecinos, en este caso, con los monarcas merovingios, estrategia que le permitió concentrar todas sus energías en un ambicioso programa político-militar tendente a la consecución de la unidad de los hombres y tierras de Hispania.

En el Norte, sus primeras acciones militares se dirigieron a liquidar el Reino de los suevos, que había coexistido con el de los godos durante casi dos siglos. También en el Norte, realizó expediciones de castigo contra cántabros y vascones, indómitos tanto frente a Roma como frente a los visigodos. Logró someter una parte de Cantabria, mientras que para contener a los vascones hubo de construir una serie de fortalezas, como la de Victoriacum, según algunos historiadores defienden, germen de la capital vasca, aunque, según otros, aquella se localizaría a los pies del Monte Gorbea / Gorbeia Mendia.


Por otro lado, la actividad militar que Leovigildo desarrolló en el Sur no le proporcionó grandes éxitos o, en cualquier caso, éstos no fueron ni espectaculares, ni decisivos. Consiguió, eso sí, arrebatar a Bizancio las ciudades de Malaca -Málaga-, en 570, y Corduba -Córdoba-, en 572, claves para afianzar el dominio fronterizo contra posibles presiones de los orientales, a quienes, sin embargo, imitó en lo referente a la costumbre de utilizar ostentosos títulos, el protocolo de corte y la acuñación de una moneda de oro: el triente.

Pero el más importante obstáculo con el que se topó el programa unificador de Leovigildo fue con el frustrante intento de fusionar la diversidad de creencias religiosas peninsulares, consistente en la conversión masiva al arrianismo de los hispanorromanos de tradición católica; cuestión que se vio agravada con la tensión domestico-familiar de trascendencia nacional que se originó al hacerlo su hijo Hermenegildo a la fe la mayoría. Leovigildo entendió que mientras no desapareciera la división religiosa, cuyo reflejo se proyectaba en todos los ámbitos de la sociedad, la unificación no podía considerarse culminada. Su anhelo por resolver esta cuestión le impidió ver lo obvio, esto es, que, entre otras cosas, carecía de elementos disuasorios suficientes para forzar a una desproporcionada mayoría hacia una conversión que, por otro lado, no era realmente necesaria. El arrianismo, efectivamente, había sido un elemento de cohesión de la oligarquía visigoda y un instrumento a través del cual mantenía su preponderancia de dominio sobre los hispanorromanos, pero una vez que los visigodos se hubieron asentado firmemente sobre el territorio, hubieron creado sus propias instituciones y afianzado sus circuitos políticos de dominio, la herejía arriana, como factor dominante de religión de raza, constituía un anacronismo.


Segunda mitad del siglo VI / Museo Nacional de Arte Romano de Mérida ..
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Leovigildo no comprendió que su poder ya estaba seguro. Si los pueblos de origen germánico se convertían en masa al hacerlo su jefe, como en el caso del franco Clodoveo, ya que su modo de entender las relaciones jurídicas se basaba en los vínculos personales, los hispanorromanos tenían una concepción de vinculación pública distinta, según la cual la escala de valores de cada uno de sus jefes y administradores no les afectaba personalmente, lo que hacía impensable en su caso una conversión rápida y masiva, de no mediar, eso sí, la violencia o la coacción económica.

En este contexto de política unitaria se entiende que el arrianismo fuera perdiendo progresivamente su carácter de religión exclusivista, de factor de separación real que hacia de su propia desvinculación de la masa de población un elemento clave para mantener la cohesión del grupo oligárquico dominante. De ahí que empiece a manifestarse en su seno una orientación proselitista, encaminada a la captación de la población hispanorromana. De este modo, las primeras medidas que se tomaron para lograr tal fin consistieron en, por un lado, aligerar los trámites de conversión, suprimiendo, por ejemplo, la necesidad de rebautizarse; y por otro, en promover controversias teológicas a modo de propaganda, de las que se tienen noticias escritas, y bastante detalladas, a través de las Vitae Patrum Emeritensium -Vidas de los Padres de Mérida-, obra de un obispo arriano de la vieja capital lusitana llamado Sunna.

Pero aquellas medidas fueron totalmente ineficaces y pronto se recurrió a la violencia, que tomó casi siempre la forma de destierro de las sedes episcopales o de los monasterios. Es el caso, asímismo, de Juan de Bíclara. Estas soluciones violentas tampoco dieron ningún resultado, ya que sólo un obispo, Vicente de Zaragoza, apostató del catolicismo y se pasó al arrianismo. Tal fue el fracaso de estas políticas fomentadas desde la cúspide del Estado arriano que, según algunas tradiciones orales recogidas, entre otros, por San Gregorio de Tours, parece que finalmente Leovigildo comprendió su error e incluso se llegó a hablar de una posible conversión en su lecho de muerte.

En cualquier caso, dentro de este clima de tensión religiosa se desarrolla el episodio de la guerra civil entre Hermenegildo y su padre, Leovigildo, a menudo desenfocado en su valoración y causalidad. Poco importa que la nuera de Leovigildo, la católica Ingundis, sufriera continuas violencias por parte de la arriana Goswintha, esposa del Rey. Y poca importancia tiene también que Leovigildo, para aliviar la tensión doméstica, apartara a su hijo de Toledo enviándolo a gobernar la

Bética. Lo verdaderamente importante es que el hecho de la conversión de Hermenegildo en la Bética se inscribe en un contexto de violencia religiosa y da salida política a un intento de golpe de fuerza contra el poder central por parte de la población católica de la Bética. Tampoco ha de extrañarnos que un hijo actuara militarmente contra su padre, dado que los godos no pudieron solucionar nunca su falta de estabilidad política a nivel de la jefatura suprema, y los asesinatos de reyes -el morbus gothorum o mal de los godos, según San Gregorio de Tours- y las luchas intestinas no pudieron ser nunca erradicados, ni siquiera por la acción enérgica de la Iglesia a partir de la conversión de Recaredo. Desde el primer rey godo, Ataúlfo, que muere asesinado en Barcino -Barcelona-, hasta el fin de la monarquía goda, cuya causa política fue la guerra civil por la sucesión al trono, el panorama de violencia sucesoria es casi habitual. El hecho de que en apenas tres siglos lleguen a gobernar 34 reyes es suficientemente esclarecedor.


El Biclarense comenta así el gran drama del reinado de Leovilgildo:


Cuando Leovigildo reinaba en tranquila paz con sus enemigos, una contienda doméstica vino a perturbar la seguridad; pues en aquel año, su hijo Hermenegildo, asumiendo la tiranía a excitación de la reina Goswintha, declarada la rebelión, se encierra en la ciudad de Hispalis y hace que otras ciudades y castillos se subleven contra su padre. Por esta causa, en la provincia de Hispania se produjeron, tanto para godos como para romanos, calamidades mayores que las que podían venirles de sus enemigos.

El texto es, desde luego, ambiguo, cuando no confuso. Pero proporciona pistas seguras si lo leemos con precaución, tratando de ver las claves que, entre líneas, encierra. En primer lugar, nada habla de las motivaciones religiosas que pudieron influir en Hermenegildo para "asumir la tiranía". Pero, en segundo lugar, el Biclarense alude, con toda precisión, al papel decisivo desempeñado por Goswintha, a la que llama reina. Por ultimo, está para él clara la inmediatez del gesto de Hermenegildo -"declarada la rebelión", dice-, así como la localización bética, más aún, hispalense, de la misma.

Pero, ¿quién era Goswintha, realmente? Y, ¿cuál fue -o pudo ser- el proceso que llevó a Hermenegildo hasta la rebelión tiránica contra su padre?

Como sabemos, Leovigildo había contraído matrimonio, en segundas nupcias, con Goswintha, esposa de Atanagildo. No tuvo al parecer con ella descendencia, aunque sí de su primer matrimonio, que le había proporcionado ya dos hijos varones: Recaredo y Hermenegildo. Este segundo, el mayor, contrajo matrimonio, a instancias de su padre, con Ingundis, una princesa franca, hija de Sigeberto I y de Brunegilda, hija de Atanagildo. Goswintha era, pues, de hecho, abuela de Ingunda, quien, como franca, profesaba la fe católica.

Cuenta San Gregorio de Tours de qué modo la joven princesa fue instruida en la Narbonense con el fin de que no sucumbiera al arrianismo profesado por los godos. Apenas llegada, sin embargo, Goswintha tomó sobre sí la tarea personal de convertir a su nieta al arrianismo, empeño en el cual, si hacemos caso al turonense, puso un celo desmedido, pues llegó, entre otras cosas, que a cortar los cabellos de la pequeña Ingundis, quien contaba entonces solo 12 años; amén de golpearla, humillarla y arrojarla desnuda a un estanque. Todo lo cual, comenta San Gregorio de Tours, no logró amilanar la profunda y arraigada fe de la joven princesa franca:

Cogió a su nieta por la caballera, la echó a tierra y la pateó y golpeó hasta dejarla cubierta de sangre. Entonces mandó que la arrojasen a la piscina bautismal arriana, pero en medio de tan brutal paliza, Ingundis se mantuvo íntegra en su fidelidad a su religión.

¿Fue, pues, aquella la excitación de Goswintha a que alude en su texto el Biclarerise?

Lo cierto es que, al margen de la tozudez poco efectiva desplegada por la Reina, Leovigildo no parece que interviniese para nada en la desmedida conversión de Ingundis. Es más, aun a sabiendas de la disparidad religiosa, no tuvo ningún reparo en casarla con su primogénito, ni, después de la actuación de Goswintha, le debió quedar resquicio alguno en torno a la confianza depositada en Hermenegildo.

En efecto, aquel mismo año Leovigildo asoció a sus dos hijos al poder en calidad de corregentes, poniendo la Bética, región que, en función de la peligrosa cercanía a los bizantinos, precisaba ser dirigida por un hombre absolutamente identificado con la política leovigildiana, a disposición de Hermenegildo. El hecho de que el monarca tomara aquella decisión, de la cual a buen seguro se arrepentiría más tarde, es prueba inequívoca de cuán lejos se hallaba Leovigildo de adivinar lo que al parecer bullía en el ánimo de su hijo mayor.

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. .. * .En la parte superior .aparece . representado San Hermenegildo, rodeado de serafines,
. .. .. querubines y ángeles. En la Inferior, a izquierda y derecha,. San Leandro y San Isidoro
. .. .. de Sevilla, y en los ángulos, Recaredo niño y Leovigildo

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Suena: Chevaliers de Sangreal

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2 comentarios :

CarmenBéjar dijo...

Pues Leovigildo, todo hay que decirlo, tenía un concepto muy claro de su monarquía. Digo esto porque veo en él un cierto sentido dinástico, al casar a sus hijas e hijos con señores de otros lugares, más allá de los Pirineos. Y consiguiño también neutralizar amenzas exteriores, lo cual no era moco de pavo en esos tiempos turbulentos.

En cuanto a la adopción del cristianismo frente al arrianismo (también cristiano) he oído que fue cosa poco menos que de casualidad, porque la mayoría de sus cortesanos y los más influyentes eran arrianos.

Un saludo

Jose dijo...

Básicamente, efectivamente, fue por eso por lo que Leovigildo casó a sus hijas con los monarcas merovingios, esto es, por mantener quedo el frente franco..., que no es poco, no, pues el Estado visigodo de finales del siglo VI no las tenía todas consigo, en absoluto... En cualquier caso, uno de los grandes problemas que tuvo el Reino fue precisamente el problema estructural de la sucesión, como todos sabemos, causa de continua pugna y, en consecuencia, debilitamiento; causa a la larga, como veremos más adelante, de su desaparición...

Por otro lado, ¿adopción casual del catolicismo? Bueno, si tenemos en cuenta, para empezar, el peso de la católica población hispanorromana frente al de la arriana visigoda, 9.000.000 frente a 200.000... Pero es que además el Reino estaba rodeado de territorios católicos, dirigidos por católicos, pues tanto francos como bizantinos lo eran; como así mismo los suevos, que se habían convertido ya a esas alturas con la esperanza de cohesionar y reforzar su maltrecho Estado, como un último intento de acabar con el divorcio existente entre los mismos y la población hispanorromana de sus territorios. No, creo que más que la casualidad fueron los números, o la realidad de la época, como se prefiera, la que acabó imponiendo su lógica. Como ya decía en la entrada, Leovigildo, que no supo calibrar sus fuerzas en este caso, tenía esta batalla, batalla innecesaria en cualquier caso, perdida de antemano.

Carmen que tengas un fantástico fin de semana.

Buenas tardes.

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