lunes, 21 de junio de 2010

- VERANO 2010

Faro de Matalascañas / Playa de Castilla / Almonte / Huelva / Julio de 2007 ...

Castilla tiene castillos, ....
pero no tiene una mar. ....
pero sí una estepa grande, ....
mi amor, donde guerrear. ....

Mi pueblo tiene castillos, ....
pero además una mar, ....
un mar de añil y grande, ....
mi amor, donde guerrear. ....

La amante / Rafael Alberti ....


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Suena: Quiet town / Valencia EP

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Josh Rouse / 2006.................................................................. .Inicio
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martes, 15 de junio de 2010

LA ANTIGÜEDAD / Los godos / Leovigildo: el rey fuerte (I)






Leovigildo
Felipe.del.Corral../. 1765 .......
Plaza de Oriente / Madrid .......
















El rey fuerte (I)

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Con toda la razón puede Leovigildo arrogarse uno de los símbolos más expresivos de la soberanía romana y acuñar tremises de oro que proclaman el nacimiento de una nueva Hispania, esta vez con capital en Toledo.

A la firmeza del monarca se debe el triunfo sobre las tendencias disgregadoras y la reunificación de la mayor parte de la vieja provincia romana, coronada en el 585 con la conquista del Reino Suevo de Gallaecia.

En la era 606 -568 d.C.- Leovigildo, tomando el principado de Hispania y las Galias, determinó ampliar el reino con la guerra y aumentar el poder. Ciertamente, con la constancia y con el favor concordante del ejército, consiguió muchas preclaras victorias. Pues él mismo obtuvo a los cántabros, él mismo tomó Aregia, Sabaria fue vencida por él. También cayeron por las armas los muchos rebeldes de las ciudades de Hispania. E hizo huir en diversas batallas a las tropas de Justiniano, y ciertos castillos por ellos ocupados, los recibió luchando. Luego, a su hijo Hermenegildo, tirano de su imperio, cercado, le venció. Después llevó la guerra a los suevos y su reino lo transfirió con admirable rapidez al derecho de su pueblo, quedando dueño de la mayor parte de Hispania, pues la gente de los godos se comprimía en estrechos límites. Pero ofuscó en él el terror de la impiedad arriana, movida persecución a los católicos, relegó al exilio a muchos de los obispos. Mas fue pernicioso para muchos de los suyos, pues a cuantos vio nobilísimos y poderosísimos o les cortó la cabeza o les envió proscritos al exilio. Fue éste el primero que enriqueció el fisco y el primero que aumentó el erario con los despojos de los enemigos. Fue el primero entre los suyos que, cubierto con vestiduras reales se sentó en el trono, pues antes de él el hábito y el asiento eran comunes: como el del pueblo, así era el del Rey. Fundó también una ciudad en la celtiberia a la que, del nombre de su hijo, llamó Recópolis. / San Isidoro de Sevilla / Historia Gothorum

Trientes de oro con las efigies del emperador Justiniano (1) y de Leovigildo (2 y 3, acuñados respectivamente en Barcelona y Toledo) /.573-586./.Museo Nacional de Arte de Cataluña / Museu Nacional d'Art de Catalunya



La unidad visigoda
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Ya vimos con anterioridad el tema, absolutamente esencial, de las dos Hispanias que se dibujaban con bastante nitidez durante el reinado de Amalarico, lo que conducía a distinguir cinco espacios geopolíticos distintos en el ámbito del Estado hispanovisigodo y su instalación peninsular. Lógicamente, la problemática del fortalecimiento de la unidad visigoda pasaba, de manera inexorable, por un proceso de unificación territorial previo al de una posible institucionalización, aspecto éste de más vasto alcance que convergía con la espinosa y esencial cuestión religiosa, esto es, con la pretensión de que la unidad civil fuera fiel reflejo de una superestructura común.

Pues bien, en este contexto, la figura política del Leovigildo resulta de una grandeza poco común. Él, en efecto, va a lograr eliminar durante su reinado dos de los espacios en los que la autoridad real resultaba marginal: la Bética, de un lado, y el Reino Suevo, de otro...

Y además, va a intentar, con verdadero denuedo, aunque con suerte relativamente adversa, la eliminación de los otros dos ámbitos conflictivos, es decir, los bizantinos y los pueblos del Cantábrico: astures, cántabros y vascones. Si a ello unimos la drástica reforma monetaria que saca al país de la impasse financiera en que se encontraba, el panorama de su gestión no puede ser más favorable.



Iglesia de Santa María de Melque / Arquitectura visigótica / Siglo VII / San Martín de Montalbán / Toledo .




La Reforma político-administrativa de Leovigildo
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Leovigildo fue desde el principio absolutamente consciente de los errores cometidos por sus antecesores y del elevado precio que pagaron por ellos. Su máxima preocupación fue, de esta guisa, el robustecimiento del poder real, el afianzamiento de una monarquía cuyos pilares hasta el momento habían sido demasiado frágiles. En este sentido habrá de luchar con fuerza contra la soberbia de la nobleza goda, tendente a disminuir la intensidad del poder regio en favor propio.

La ardua tarea llevaba emparejada un proceso de reorganización político-administrativa, en virtud de la cual se revitalizaron las células, un tanto enmohecidas, de la complicada burocracia visigoda.

Fiado por encima de todo en su propia sangre, dividió el Reino en dos mitades, nombrando consortes -como les llamaba San Gregorio de Tours- de cada una de ellas a sus hijos; bien entendido, naturalmente, que no se trataba de ninguna cesión absoluta, sino del mero gobierno territorial siguiendo sus directrices. La medida, empero, no fue del agrado de los nobles visigodos, quienes a lo largo de su reinado se levantaron contra la autoridad de Leovigildo en varias y significativas ocasiones. La decisión del monarca fue tomada en 579, año en el que finalizan sus campañas bélicas durante la primera etapa de su reinado.

Dentro de ese mismo lapso debe situarse la reforma leovigildiana del Código de Eurico, cuya fecha de promulgación se desconoce. Aún cuando el Código, como tal, no ha llegado hasta nuestros días, sabemos de él porque muchos de sus artículos -324, exactamente- fueron incluidos por Recesvinto en el Liber Iudiciorum con el prefijo de "Antiqua". San Isidoro de Sevilla escribe a propósito de la reforma legislativa de Leovigildo que "corrigió todo aquello que parecía no haber quedado bien establecido por Eurico, agregando muchas leyes omitidas y quitando bastantes superfluas".

La ley posiblemente más conocida es la relativa a la abolición que pesaba sobre la prohibición de los matrimonios mixtos, condenados por el Código de Alarico con la pena capital. Se ha discutido mucho en torno al alcance de aquella ley, en la que se ha querido ver el afán leovigildiano por borrar las dos "nacionalidades" existentes en su reino. De hecho, lo que parece más probable es pensar en la ley como un refrendo de lo que en realidad venía sucediendo durante los útimos años. Thompson piensa, empero, que la ley "no formaba parte de un intento sistemático de unir a los dos pueblos de su reino", aduciendo que "conocemos varios casos de matrimonios mixtos en el siglo VI, cuando todavía eran ilegales, mientras que, cosa curiosa, se sabe muy poco a partir del siglo VII, cuando eran legales". La prueba, con todo, no es en absoluto significativa, por cuanto es mucho más lógica la posesión de documentos referidos a lo antiguo -la infracción- que a lo típico -la norma-.

Iglesia de Santa María de Melque / Interior .


"Que la mujer romana puede casar con el hombre godo, y la mujer goda pueda casar con el hombre romano"

El cuidado de los príncipes es entonces cumplido cuando ellos piensan del provecho del pueblo, y ellos no se deben poco alegrar cuando la sentencia de la ley antigua es quebrantada, la cual quiere departir el casamiento de las personas que son iguales por dignidad y por linaje. Y por esto quitamos la ley antigua y ponemos otra mejor; y establecemos por esta ley, que ha de valer por siempre, que la mujer romana puede casar con hombre romano. Y todavía que se pidan antes como deben. Y que el hombre libre pueda casar con una mujer libre cualquiera que le convenga por consejo, y por otorgamiento de sus parientes. / Fuero Juzgo / Del ordenamiento de las bodas


Las campañas bélicas de Leovigildo_____________________________________________________________________________

La restauración y unificación del Reino, sumamente alicortado desde los tiempos de Atanagildo, llevó a Leovigildo a una permanente acción bélica que convierte su reinado en uno de los más dinámicos de todo el período visigótico. Para seguir las campañas de Leovigildo puede arbitrarse un doble criterio, cronológico o geográfico, aunque ambos, de hecho, se superponen bastante.

Según todos los indicios testimoniales, el primer escenario donde movió su fuerza el monarca fue la Bética y sus aledaños bizantinos. La campaña coincide con la estancia de su hermano Liuva en el poder en la Narbonense. Juan de Biclara, obispo de Gerunda -Gerona/Girona- y cronista imprescindible para seguir los avatares del reinado, escribe, aludiendo al año 569, que el rey "devolvió sus antiguos límites a la provincia de los godos que, por diversas rebeliones, había quedado disminuida".

Semejantes palabras, tan ambiguas, no permiten deducir la existencia de una campaña aquel año ni, menos aún, localizar geográficamente su situación exacta.

¿Qué hay, pues, detrás de esa expresión, "provincia Gothorum"? Lo lógico es pensar que las palabras de el Biclarense son mucho más un resumen del reinado entero que una descripción de sus inicios.

De lo que si se tiene constancia, sin embargo, es de las campañas contra bizantinos, suevos y vascones. Atendamos, en consecuencia, a su desenlace en riguroso orden cronológico




Las campañas del Sur
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La primera campaña leovigildiana de la que se tiene cumplida noticia se fecha en el año 570 y se localiza en los límites fronterizos de la provincia bizantina de Spania. Juan de Biclara alude a un devastamiento de la Bastetania -Baza, Málaga- y explica cómo, después de su acción, se retiró a Toledo. Poco más se conoce, excepto que un año después las tropas del monarca toman por la fuerza Asidonia -Medina Sidonia-, matando a cuantos hombres la defendían. No se sabe a ciencia cierta si tomó o no Baza, aunque existen sospechas fundadas para creer, efectivamente, en ello. Pero, desde luego, nada indica que prosiguiera su avance ni, mucho menos aún, que se aproximase a la zona malacitana. Su ataque a los bizantinos debió, pues, limitarse al interior, respetando, ya por temor, ya por cautela, las zonas del litoral. De todo ello cabe, en suma, deducir un éxito, limitado ante la provincia bizantina que, en rigor, fue prácticamente desestimada por Leovigildo, tras algunas escaramuzas, ante la dificultad de combatir en varios frentes.




Tenante de altar visigodo


...... Arenisca ./ 100,3 x 43 x 43 cm.
...... Sevilla
./ .Siglos VI al VII. d. C.
...... Museo Arqueológico de Sevilla







Pero si el éxito no le sonrió ante los bizantinos, no puede decirse lo mismo de su campaña cordobesa del 572, provocada por una rebelión campesina, un espasmo más de los muchos a que tenía habituados la Corduba -Córdoba- del siglo VI. Según parece, el año señalado por Leovigildo toma Córdoba por sorpresa y, con ello, deja claramente dominada la actual Andalucía Occidental.




Las campañas del Noroeste
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Hacia 573, concluida ya la pacificación del Sur occidental, Leovigildo vuelve su mirada hacia el Noroeste, donde la cercanía de los suevos llevaba constituyendo un serio problema de revueltas constantes. Aquel mismo año, el Biclarense cuenta cómo el rey godo entra en Sabaria, devastando sin piedad los territorios de los sappi. Localizar ambos, región y pueblo, no es tarea fácil con los escasos datos de que se dispone. Todo parece indicar, empero, que se trata de una zona y un pueblo astures.

Un año más tarde el Biclarense vuelve a proporcionar datos fehacientes:

(Leovigildo) entra en Cantabria, mata a los invasores de la provincia, ocupa Amaya, se apodera injustamente de sus recursos (de los cántabros) y somete a la provincia a su autoridad.
En su célebre Vida y milagros de San Millán, San Braulio de Zaragoza hace expresa alusión a aquella campaña leovigildiana de 574.

En este mismo año, en los días de cuaresma, le fue revelada (a San Millán) la destrucción de Cantabria. Por lo cual envió a un mensajero para que les ordenara que reunieran su asamblea el día de Pascua. Se reúnen al llegar esta fecha. Él les cuenta lo que había visto (...). Un cierto Abundancio dijo que el Santo había perdido el juicio a causa de su vejez. Pero éste le anuncia que experimentaría por sí mismo la destrucción. Los hechos que sucedieron después vinieron a probarlo, pues Abundancio fue muerto por la espada vengadora de Leovigildo...



Arca relicario de San Millán







Relieve de la conquista de Cantabria por Leovigildo / Marfil / Arte Románico / Real Monasterio de San Millán de Yuso / San Millán de la Cogolla / La Rioja / Siglo XI / Museo Arqueológico Nacional



Comentando ambos testimonios, Marcelo Vigil y Abilio Barbero verifican una serie de datos de sumo interés:

La vida de San Millán, aunque llena de elementos fantásticos, sirve, con todo, para informarnos de que los cántabros, en el momento del ataque visigodo, se gobernaban por sus propias asambleas y no estaban completamente cristianizados. Es interesante observar que tanto Juan de Biclara como San Braulio coinciden en que Leovigildo atacó a los cántabros injustamente y a traición. Esto quiere decir que los cántabros eran independientes y que Leovigildo tomó la iniciativa en el ataque para conquistar su territorio.

Fue, pues, según parece, el afán expansionista de Leovigildo el que motivó, sin que mediasen razones de peso, aquel avance hacia los "independientes" pueblos del Noroeste. Ciertamente, a corto plazo, las campañas del 573 y 574 fueron bastante eficaces. Pero, de hecho, la tendencia independentista y refractaria a la autoridad central de cántabros y/o vascones era tal que Leovigildo deberá volver a la zona unos años más tarde, en 581, con éxito indudable, pero no menos provisional. Las campañas del Noroeste serán, así, un frente permanente y, de algún modo también, una permanente frustración.




Acercamiento a Gallaecia. La paz inicial con los suevos
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El año 575, apenas sin ninguna interrupción, Leovigildo, dispuesto a no dar tregua a cuantos se opusieron a su autoridad, penetró en las montañas orensanas, y tras hacer prisionero a Aspidius, señor del territorio, se adueñó por la fuerza de toda la región. El Biclarense y San Isidoro de Sevilla relatan la rápida campaña como un éxito fulminante, aludiendo, entre líneas, al apoyo que los suevos prestaban al noble Aspidius.

Semejante ayuda es, si bien se mira, y relacionándola con algunos hechos posteriores, muy verosímil. En efecto, ya en 574, Miro, el rey suevo, había intentado, sin éxito, enviar embajadores solicitando ayuda a Gontrán, rey de los francos.

Sin duda, estimulado por lo que podía ser un peligro, y consciente de la debilidad que aquejaba al Reino Suevo, Leovigildo viola su frontera y penetra en el mismo. Pero la penetración tiene un carácter fugaz, episódico, y al poco tiempo, Miro y Leovigildo firman una paz que restablece los límites fronterizos anteriores.

Iglesia de Santa Comba / Arquitectura visigótica / Siglo VII / Bande / Orense / Ourense .

Es probable, como piensan la mayor parte de los historiadores, que noticias llegadas del Sur le obligasen a interrumpir su campaña contra los suevos. De cualquier forma, lo cierto es que en 575 abandona Gallaecia, aunque no para descansar. Aquel mismo año atraviesa la zona oriental de la Orospeda -Sierra Morena-, entre Guadix y Baza, y toma, una a una, las ciudades de alrededor.

La causa de su acceso debió ser una súbita rebelión, tal vez alimentada con la ayuda bizantina. Tras tomar la Orospeda, que a partir de aquel momento queda controlada para siempre, Leovigildo regresa a Toledo, aun cuando algunos historiadores hablan de una sublevación levantina, que se extendería por la Narbonense en el mismo 578. Tal rebelión, empero, parece más una entelequia que una realidad incontrovertible.




Balance de la primera década leovigildiana
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En 578, pues, Leovigildo pone fin por el momento a sus campañas bélicas. Ha sido su primera década como rey, años de un dinamismo sin precedentes y, también, de un éxito infrecuente. Aquel mismo año, Leovigildo funda, según nos indica el Biclarense, Recópolis. Es la primera ciudad hispana fundada por un monarca visigodo.

Hallábase situada a unos cincuenta kilómetros de la actual Guadalajara, al sur del pueblo de Zorita de los Canes. La ciudad fue construida sin escamotear gastos, con grandes murallas y todo tipo de servicios, concediendo el rey amplios privilegios a sus moradores.

Recópolis fue para Leovigildo, en cierto modo, el signo externo de su éxito, de su poder, de su grandeza. Thompson analiza la tendencia a la fragmentación en la época anterior y, tras ello, establece el siguiente balance de aquella década triunfal.

(...) a los diez años de haber subido al trono Leovigildo, todas las revueltas habían sido definitivamente sofocadas, y todo el territorio que había sido antes visigodo era gobernado de nuevo por Toledo. El rey había combatido a los bizantinos, no sin cierto éxito. Había atemorizado a los suevos. La frontera con los francos permanecía tranquila. En 578 había, pues, resuelto, sus más urgentes problemas militares y no se sabe de ninguna campaña a partir de ese año. No sólo los rebeldes, sino también los usurpadores en potencia, habían sido eliminados; pues se mostró inexorable con sus oponentes de dentro del Reino...

Recópolis / 578 d.C / Zorita de los Canes / Guadalajara .

Los métodos de Leovigildo fueron, desde luego, drásticos, cuando no implacables. Pero después de los años de debilitamiento anterior de la autoridad real se hacía necesaria aquella actuación. Leovigildo había logrado, tras diez años de permanente actividad, una cosa absolutamente imprescindible y decisiva en aquel momento: dotar de credibilidad a la monarquía visigótica.

A partir de aquel momento están trazadas las líneas maestras por las que debe discurrir la institucionalización, en el terreno político, del quebradizo Estado visigodo. Leovigildo era, en cierto modo, el gran arquitecto, el gran diseñador del edificio hispanogodo. Y, de hecho, ni la dramática guerra civil que el país va a vivir al cabo de unos años dará al traste con la trascendental obra de cimentación emprendida por el monarca.

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El Reino Visigodo a finales del siglo VI

La enigmática ciudad de Recópolis


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Suena: Chevaliers de Sangreal

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........ Hans Zimmer / 2006 ............................................................. .Inicio
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miércoles, 9 de junio de 2010

LA ANTIGÜEDAD / Los godos / San Isidoro de Sevilla

- LA ANTIGÜEDAD / Los godos
José Alcoverro i Amorós / 1892 / Mármol de Rabaggione / 230 cm. / Biblioteca Nacional / Madrid




Summa Hispania

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Ni el derrumbe del Imperio ni el galopar germánico enterraron por completo el cofre cultural dejado por Roma. Nadie como San Isidoro de Sevilla ejemplifica el empeño de la intelectualidad hispanorromana de los siglos VI y VII por conservar la lengua y los monumentos escritos de la cultura clásica en un tiempo de oscuridad. Y nadie como San Leandro de Sevilla resume los desvelos del vencido hispanorromano por lograr que el conquistador godo abrazara el credo católico.

Nace el erudito Isidoro en la romanizada y católica Bética, dentro de una familia hispanorromana, emigrada de Carthago Spartaria -Cartagena- en 544, cuando comienza el dominio bizantino. "Nuevo Salomón": así llamó el Papa San Gregorio Magno al sabio hispalense. Y es que fue éste la gran lumbrera de la Europa de su época, cuya influencia, no en vano, se hará notar en las raíces de la civilización occidental con mucha fuerza durante, al menos, siete centurias.
San Isidoro y San Leandro de Sevilla .
Ignacio de Ríes / Siglo XVII / Óleo sobre lienzo / 86 x 146 cm. / Catedral de Santa María de la Sede / Sevilla .

Sus hermanos, San Leandro y San Fulgencio, fueron obispos de Hispalis -Sevilla- y Astigi -Écija-, respectivamente. Desde el año 599 y hasta su muerte -acaecida en 636- ocupó la sede metropolitana hispalense, sucediendo como arzobispo a su hermano y maestro -al primero de ellos, al creador de la escuela episcopal de la capital bética- y convirtiéndose, poco después de aquella fecha, en consejero del rey Sisebuto. Precisamente, a petición de este monarca, según las crónicas, letrado y pacifista, y a quien dedicó su De natura rerum -Sobre la naturaleza de las cosas-, San Isidoro empezó a trabajar en su obra más importante: Las Etimologías, una recopilación enciclopédica del saber antiguo, cada vez más inaccesible para sus contemporáneos. La tendencia al didactismo que mostró en ésta y en sus otras obras obedecía en gran medida a su interés por la formación, razón por la que también fomentó las escuelas clericales y monásticas.

A su enseñanza elocuente, "de extraordinario ingenio", unió sus numerosos escritos. Braulio de Zaragoza, su discípulo, después de citar veinte de sus obras, habla todavía de "otros muchos opúsculos suyos". Revelan su erudición, nacida del estudio de la antigüedad sagrada y profana, que extracta cuidadosamente como "último brote de la cultura romana".

San Isidoro de Sevilla / Bartolomé Esteban Murillo / 1655 / Óleo sobre
lienzo ./ 191 x 164 cm. ./ Catedral de Santa María de la Sede / Sevilla

La obra de San Isidoro cubre todo el saber de su época, contribuye a todos los campos: historia, gramática, filosofía, teología, medicina, jurisprudencia. Poco después de su muerte, el VIII Concilio de Toledo, celebrado en 653, le proclama "doctor egregius", "prodigio de sabiduría en el fin de los siglos".

Su obra histórica muestra el entusiasmo goticista de un romano. Su Chronicon, ensayo de crónica universal hasta el año 616, es una guía histórica que Europa empleará durante siglos. En su Historia de regibus gothorum, vandalorum et suevorum se identifica con el dominio visigodo y rechaza el día en que los bizantinos -el "miles romanus"...- habían llegado a la Península. El prólogo de esta obra es el famoso Laus Hipaniae que continúa el de los anteriores escritores romanos y preludia el de Alfonso X, en el siglo XIII.

Biblioteca Nacional de España / En primer término, en la parte superior de las gradas de acceso al edificio, a izquierda y derecha, respectivamente, los monumentos de .San Isidoro de Sevilla y de .Alfonso X el Sabio
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Eres, oh Hispania, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece con exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.

La pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en vacas, llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes, llena de pesca en tus playas. No hay en el mundo región mejor situada que tú; ni te tuesta de ardor el sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno, sino que, circundada por ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada. Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de hermoso y útil en los animales, lo produces tú. Tus ríos no van en zaga a los más famosos del orbe habitado.

Ni Alfeo iguala tus caballos, ni Clitumno tus boyadas; aunque el sagrado Alfeo, coronado de olímpicas palmas, dirija por los espacios sus veloces cuadrigas, y aunque Clitumno inmolara antiguamente en víctima capitolina, ingentes becerros. No ambicionas los espesos bosques de Etruria, ni admiras los plantíos de palmas de Holorco, ni envidias los carros alados, confiada en tus corceles. Eres fecunda por tus ríos; y graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos, fuente de hermosa raza caballar. Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro. En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol, émula de los vivos colores del sol vecino.

Eres, pues, Oh, Hispania, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los príncipes, como bienhadada en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas.

San Isidoro de Sevilla / Laus Hispaniae
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Mappa Orbis Terrarum ........




. Mapamundi. .isidoriano. .T .en .O .......
. Etimologías..../ ..Copia. de. 1473 .......
. Universidad de Texas en Arlington .......
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Lentamente, el término romano "Hispania", pasaría a ser algo más que un tomónimo. En estos versos, San Isidoro de Sevilla añadía al concepto puramente geográfico de Hispania un sentido político vinculado a la existencia de la monarquía visigoda, cuyas fronteras coincidirían aproximadamente con las de la Hispania antigua. Tras la invasión musulmana, esta idea sería resucitada por el goticismo de los reyes asturianos, que se declararon herederos de la monarquía hispana de Toledo.

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Miniatura de Las Etimologías / Siglo IX / Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial


Sus tres libros de sentencias, usados luego por Pedro Lombardo -Magister Sententiarum-, intuye el método escolástico en la exposición teológica. Pero la obra cumbre de San Isidoro son, sin duda, sus Etimologías -"Originum sive Etymologiarum Libri XX"-, un esfuerzo universal por conservar el legado de la Antigüedad. Constituye un sistema enciclopédico, como ya se ha apuntado, de saberes que, partiendo del conocimiento de Dios, llega a los más pequeños detalles del orden natural. De los veinte libros que componen la obra, los tres primeros recogen una exposición de las Siete Artes Liberales -"El Setenario", como lo llamó Alfonso X- agrupadas en el trivium y el quadrivium, cuyo estudio, previo a la Teología, fue el marco de la enseñanza de Occidente durante toda la Edad Media.

El esfuerzo intelectual de San Isidoro, "vínculo que nos renueva las obras literarias de los antiguos", como dijera Braulio de Zaragoza, se proyecta a Europa desde los días del Renacimiento carolingio, y llega vivo a Santo Tomás de Aquino. Todavía, en los umbrales del Renacimiento, Dante verá brillar "l'ardiente spirito d'Isidoro", dentro de las doce lumbreras de la sabiduría eclesiástica. No parecen exageradas, pues, las palabras de Menéndez Pidal, cuando resumía:

Nadie en toda la Edad Media escribía de recónditas cosas divinas y humanas, que no sea deudor de San Isidoro y así no hubo entonces armario que no procurase atesorar en sus tablas códices isidorianos; dos mil manuscritos de éstos; conservados hasta hoy en las bibliotecas del mundo, son huellas imborrables de los caminos que por toda Europa abrieron los pasos guiadores del metropolitano hispalense.
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Monasterio de San Isidoro del Campo / En el lugar sobre el que se asienta, a las afueras de Sevilla, en la localidad de Santiponce, muy cerca de Itálica, sostiene la tradición se localizaba la ermita mozárabe en la que se encontraban inhumados los restos del aquel sabio obispo .hispalense antes de ser trasladados a León.

Real Colegiata Basílica de San Isidoro / Retablo Mayor / León / En la urna de plata que aparece en la parte inferior de la foto, tras el altar, se guardan parte de los restos de San Isidoro, que fueron trasladados desde Sevilla, donde reposaban desde su fallecimiento, en 1063 por Fernando I de León. Otras reliquias del erudito, junto a las de sus hermanos, Leandro, Fulgencio y Florentina, se atesoran en la denominada Urna de los Cuatro Santos de Cartagena, en la Catedral de Santa María de Murcia...
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La España visigoda I ................................. La España visigoda II


En el escudo de Sevilla, en este caso, en el que aparece en la fotografía y que corona, junto al reloj, la fachada oeste de la Casa Consistorial de la ciudad, como ocurre en los casos del antiguo emblema de la Universidad Hispalense y los de otras muchas instituciones locales, ya sean civiles, religiosas o incluso deportivas..., puede observarse la presencia de San Isidoro y San Leandro, cuyas figuras flanquean al rey San Fernando -en el centro del mismo-, conquistador y patrón de la ciudad, y padre de Alfonso X el Sabio.
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Agnus Dei

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Samuel Osborne Barber / 1937
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