lunes, 18 de octubre de 2010

- ESPÍRITUS FRATERNOS / Pintura de los reinos / En pocos días se abrirá al público en el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid la gran exposición "Pintura d elos Reinos"
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En pocos días se abrirá al público en el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid la gran exposición «Pintura de los Reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico», que reunirá una importante muestra del arte de los virreinatos americanos y de la Corona de los siglos XVI y XVII / En la imagen, Monumento y Puerta de Velázquez del Museo del Prado





Cuando el arte español era el mundo

Ana Grau



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Jonathan Brown nos recibe en su despacho del Instituto de Bellas Artes de Nueva York. Este despacho parece el de un bibliotecario en apuros, que ya no sabe dónde meterse él con sus muchos libros, a la vez que mira con respeto y sin confianza un ordenador que misteriosamente ha ido a parar a su mesa. Luego nos confesará que no lo usa.

—Pero qué me dice, si yo tengo e-mails mandados por usted…


—Ese es casi el límite de mis capacidades, créame. Cuando tengo que navegar por este mundo tan raro, pido ayuda a mis estudiantes.


Pero no sólo para eso. De algún modo Brown también se ha inspirado en ellos para pulir el concepto de la exposición
«Pintura de los Reinos», de la que es comisario. Y lo es con mucha ambición. Pues «Pintura de los Reinos» no pretende ser una mera exhibición de arte de los virreinatos, lo cual ya tendría mérito, pues muchas de las 125 piezas que se exhiben son inéditas en España. Lo importante es cómo estas pinturas vertebran la primera mirada global al primer arte global de la Historia: el del imperio español del XVI y el XVII.

Fue el primer arte global porque sus confines abarcaban desde Amberes hasta Cuzco pasando por Sevilla, Ciudad de México y Manila. Pero sobre todo lo fue por la energía con que en todas estas terminales imperiales el arte europeo se recargaba, reinterpretaba y transformaba, agitando una constante batidora cultural. Algo sólo igualado por el mundo instantáneamente globalizado de hoy.


Brown nos recuerda que académicamente se ha tendido a estudiar la historia del arte a través de escuelas nacionales muy rígidas, «cuando estas escuelas no existieron como tales hasta el siglo XIX, después de las guerras napoleónicas. Y las fronteras que conocemos hoy no se fijaron con seguridad hasta después de la Primera Guerra Mundial». Entonces, ¿tenemos todos en la cabeza un mapa artístico histórico distorsionado? Según Brown, mucho.


De ahí su simpatía por la visión de los jóvenes estudiantes de arte, más capaces de trascender estas estrecheces y de pensar a lo grande y en términos de globalización artística, y de comprender entonces cómo funcionaba el arte español e hispánico en el siglo XVII. «A los jóvenes de hoy no les interesa pensar en términos de centro y de periferia, lo que les interesa estudiar es el intercambio, la mezcla, la transferencia de ideas, de objetos y de imágenes», concluye. Esa es también la prioridad de esta exposición, que busca establecer mapas más culturales que políticos.


Una intuye que en esta visión hay algo de alta diplomacia. Después de todo, no deja de haber cierta ironía en que para conmemorar el bicentenario de los movimientos de independencia de las repúblicas iberoamericanas se organice una exposición de arte imperial español. ¿No pecan de cierta incorrección política?

En la génesis de esta exposición han colaborado las máximas instituciones españolas y mexicanas y las obras viajarán a Ciudad de México después de presentarse en Madrid. Brown define este esfuerzo como «un gran regalo para los españoles, que en general no son conscientes del inmenso potencial de creación cultural que tuvo España durante ese período». La muestra incide en dos aspectos clave: en cómo la cultura española se expande por las Américas, plantando allí la pica del arte europeo, y como una vez en el Nuevo Mundo revela una capacidad de adaptación extraordinaria, una enorme elasticidad recreadora.¿Cuál es la clave de esta elasticidad? Se ve en la exposición. Denos una pista a los que todavía no la hemos visto… (Yo vivo en Nueva York).


Brown se ríe y se lanza a una apasionada, casi glotona descripción, de cómo llegaban cada año a España los galeones de Manila cargados de objetos de lujo de China y de Japón, intercambiados por la plata española. Estos objetos luego viajaban a América, sobre todo a México, y allí tenían un impacto enorme e inmediato. Propagando por ejemplo formas artísticas como el biombo o los enconchados, que eran una adaptación de las composiciones japonesas.


«Luego tenemos la aparición de iconografías americanas originales para acomodar el fervor mariano, por ejemplo la Virgen de Guadalupe. Es un constante sincretismo artístico», se extasía Brown. Si el arte español del XVI y el XVII es en muchas ocasiones un reflejo del poder, con el que mantiene mucha cercanía, en los virreinatos americanos la jerarquía clave no es tanto la del virrey, que con suerte duraba cuatro años, como en el estamento eclesiástico. La Iglesia Católica es el centro de gravedad del poder y del arte.


Pero no lo es por igual en todas partes. «En Perú los cultos y culturas originales se las arreglan para sobrevivir, para solaparse con los que llegan de Europa, de un modo como no sucederá en Nueva España. Se establecen paralelos entre la religiosidad cristiana y los dioses incas. Entonces allí tienes todas estas interesantes fuerzas en tensión», concluye Brown.


«Mi mensaje a los españoles que visiten esta exposición sería: que vayan con la mente abierta, esta es una extensión de vuestra cultura, una parte vital de la historia española, de cuando España fue, no sólo una superpotencia mundial, sino una gigantesca batidora cultural, un crisol de influencias, de Amberes a Potosí», se empieza a despedir Brown. Él cree que el modelo conceptual de esta exposición dejará huella, pues resulta igualmente sugestivo para analizar «situaciones imperiales», como la que llevó a Segovia, Nimes e Inglaterra los acueductos romanos que jamás se construyeron en Roma.


—Hemos elegido España porque…


—…porque usted siempre elige España, ya lo sé.


Es mi hogar intelectual, remata con sencillez. Y con toda una vida de orgullo.


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HOY SUENA

Hoy descubre la grandeza / Cancionero Musical de Gaspar Fernandes

Nueva España

Siglo XVII / Archivo de la Catedral de Oaxaca / México


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jueves, 14 de octubre de 2010

- ESPÍRITUS FRATERNOS / Del 12 de Octubre / Real Monasterio de Santa María de Guadalupe / Gótico-mudéjar / Siglo XIII / Guadalupe / Cáceres


Real Monasterio de Santa María de Guadalupe / Siglo XIII / Gótico-mudéjar 1 / Cáceres







AMÉRICA

La fuerza de los mitos



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En el bicentenario del inicio de las independencias americanas el interés por el 12 de octubre tiene que tener necesariamente otra dimensión. Ha transcurrido el suficiente tiempo como para que no se pueda achacar todo lo malo del presente de los países americanos a los tiempos virreinales. Se puede también hacer un análisis ecuánime de qué es realidad y qué es invención en la historia recibida. Un joven y distinguido historiador español, Manuel Lucena Giraldo, desveló en mayo de 2010 en el diario ABC de Madrid -en La Tercera Doce preguntas (con respuesta) sobre las independencias hispanoamericanas- la falsedad de afirmaciones que se han venido dando por buenas, como el dominio de la Inquisición y la falta de educación e imprentas o el carácter malvado y avaricioso de los españoles, entre otras. Economistas como Earl J. Hamilton ya habían analizado, en 1929, la delicada cuestión de los metales preciosos americanos y Europa, aunque, sin duda impelido por el espíritu de su época, le costara compaginar su idea de la reinversión en América con la tradicional del expolio de los indios. Los datos de John Munro en 2003 y de los economistas que siguen sus enseñanzas deshacen todavía más la errónea idea del valor incalculable de la riqueza americana supuestamente expoliada.

Su descubrimiento por los occidentales y la conquista y posterior reestructuración religiosa, política y económica del continente americano bajo la forma virreinal implicó un cambio decisivo no sólo para América, sino para Europa y, en última instancia, el mundo en general. Piénsese en que, por primera vez, quedaban demostradas ideas, como el carácter esférico de la Tierra, que podían haber sido consideradas totalmente erróneas pocos años antes. Se transformó el mundo y se transformó también la manera de conocerlo y ordenarlo.

La Virgen de Guadalupe, Reina de la Hispanidad y Patrona de Extremadura, es asimismo considerada Patrona de la Evangelización del Nuevo Mundo, pues, no en vano, Colón se encomendó a ella en su primer viaje. Tras su regreso a la Peninsula se dirigió al Real Monasterio de Guadalupe, donde fueron bautizados los indígenas que le acompañaron, para agradecer su protección a la Virgen. Durante siglos -desde la Batalla del Salado (1340) hasta la de Lepanto (1571)- a la Virgen de Guadalupe se le atribuyeron milagros relacionados con la liberación de cristianos cautivos por los musulmanes y se invocaba su protección en los enfrentamientos bélicos contra los mismos, convirtiéndose su santuario en el más visitado por los peregrinos europeos del Siglo de Oro.

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Como algunas otras imágenes de la Virgen, la talla guadalupense se atribuyó en principio a la gubia del mismísimo San Lucas. La tradición, por su parte, sostuvo que en el siglo VI el Papa San Gregorio Magno regaló la imagen, de supuesta factura bizantina, a San Leandro de Sevilla, siendo escondida en la sierra de Guadalupe al producirse la invasión musulmana de la Península. En 1975, don José Hernández Díaz, catedrático emérito de Arte y de Iconografía de la Universidad de Sevilla situó su hechura, de autor desconocido, «en las postrimerías del siglo XII, en pleno período protogótico», opinión que ha prevalecido entre los historiadores.













Los conquistadores y su entorno difundieron mitos como la existencia de hombres con cabeza de perro o de mujeres guerreras como las amazonas clásicas. Tomaron elementos de la novela de caballerías para buscar en La Florida la fuente de la eterna juventud o situar un reino mítico en California o los territorios del Noroeste. Todo ello era falso; pero no lo eran plantas extrañas y maravillosas que cambiaron la vida occidental, como el tabaco, la papa, el tomate y tantas otras. La historia no puede rescribirse, si se quiere ser veraz, y no puede desvivirse, si se quiere ser auténtico. No se cambia con leyes, hay que estudiarla, sencillamente.

Hoy está demostrado que la política lingüística americana de la Casa de Austria fue la de tolerancia lingüística y uso para la evangelización de las lenguas amerindias. Cuando llegó la independencia, el porcentaje de hablantes de español en las Indias no llegaba al 30 por ciento. Con el ideal de la Ilustración, una lengua y una educación, los revolucionarios liberales impusieron una lengua común, la española, y realizaron en pocos años un proceso a veces completo de eliminación de lenguas indígenas. Otras, como siempre ocurre, habían desaparecido en el proceso histórico de las sucesivas conquistas e imperios, indios y españoles. Si se quiere hablar de «genocidio cultural» hay que dar su parte, grande, al período independiente. Ya se dijo al principio que doscientos años dan para mucho. No en vano la mayoría de los indígenas habían permanecido fieles a la Corona, que protegía por las Leyes de Indias sus tierras comunales. Los araucanos de Chile, nos dice Lucena Giraldo, propusieron en 1813 «formar para la defensa del Rey una muralla de guerreros en cuyos fuertes pechos se embotarían las armas de los revolucionarios». A partir de 1820, las tropas de Bolívar encontraron la mayor resistencia entre los nativos del sur de Colombia y Ecuador. Son hechos.

Hablar de los excesos de una conquista y un cambio total de sistema y rasgarse las vestiduras es tan inútil como si los españoles de hoy se presentasen ante el Parlamento italiano para pedirle cuentas de las crueldades romanas y la destrucción de las culturas celta, ibérica o tartesia. Sería ridículo. Así, resulta sorprendente para los españoles el interés obsesivo de muchos americanos por degradar a los que, en último término, son los antepasados de los americanos actuales, los suyos, y no de los europeos. La conquista fue realizada por gentes con vocación de permanencia, que rehicieron sus vidas en los nuevos territorios. Los de ida y vuelta no pasaron de algunos funcionarios y eclesiásticos, que incluso volvían a España para regresar a las Indias a la primera oportunidad. Los marinos, por supuesto, no pertenecían a la crema de la sociedad; pero, a diferencia de Australia, América no se pobló con presidiarios y carne de horca. Los aspirantes pertenecían a clases muy diversas y muchos triunfaron en otras latitudes. El caso más llamativo es el de Miguel de Cervantes, el autor del Quijote, que pretendió repetidas veces venir a América, sin que le fuera concedido nunca el permiso. Si se lo hubieran dado, el ingenioso hidalgo manchego hubiera visto la luz en México, Colombia o el Perú, con lo que ello implica, o, quizás, no se hubiera escrito.


.Humilladero de la Santa Cruz de Guadalupe 2 / Siglo XIV / Gótico-mudéjar / Guadalupe / Cáceres. ..
Repasar todos los mitos y falsas ideas respecto a la conquista y el período virreinal exigiría un libro. Para terminar, como poderoso caballero es don Dinero, permítasenos analizar la cuestión del oro y la plata. La idea errónea es que el oro y la plata americanos fueron a parar a España y de ahí a los banqueros de Italia, Holanda y Alemania, para pagar las deudas de las guerras de religión europeas. Lo que falla es, sencillamente la primera premisa: los metales llevados a España, con los métodos de minería de la época, constituyen, comparativamente, una pequeña cantidad. Naturalmente, de un argumento económico se esperan cifras. El tesoro enviado a España por los virreinatos y capitanías generales entre 1530 y 1650 equivale a la extracción actual de plata durante 26 meses y de oro durante 6 meses. Todo el oro y plata enviados a España desde la conquista hasta 1810 se extrae actualmente en 4 años de minería de plata y 1 de oro.

Además, suponer que esas cantidades, pequeñas hoy, pero significativas en la economía de entonces, sirvieron exclusivamente a intereses europeos es otra idea sin fundamento. España reinvirtió en América muy buena parte del tesoro americano: se crearon ciudades, muchas completamente nuevas, se mantuvo a arquitectos, técnicos, científicos y artistas, se fundaron imprentas y universidades y se importaron bibliotecas, además de ropas, instrumentos y otros objetos necesarios. Se dotó a América de una infraestructura moderna, con obra civil importantísima en la historia y se cambió totalmente el significado universal, global, del continente completo. Eso es lo que hay que festejar el 12 de octubre.

América: la fuerza de los mitos / Francisco A. Marcos Marín, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia Argentina de las Letras, y profesor de Lengua Española en la Universidad de Texas en San Antonio / La Tercera de ABC / Martes, 12.X.10


CONQUISTA Y COLONIZACIÓN DEL NUEVO MUNDO

Armando de Armas



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Conferencia impartida por el escritor y periodista cubano el 8 de octubre de 2010 en el Miami Sunset Senior High School / Cortesía del blog amigo Cuba Inglesa

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1.- Ampliado sucesivamente siguiendo las pautas del Renacimiento, el Barroco, y el Neoclasicismo

2.- En este lugar depositó Miguel de Cervantes como exvoto los grilletes que había portado durante su cautiverio en Argel


HOY SUENA

Atribuída a Hernando Franco / Nueva España / Siglo XVI

Dios Itlaconantzine

Renacimiento / Nahúatl / Ars Nova


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martes, 12 de octubre de 2010

ESPÍRITUS FRATERNOS / 12 de Ocubre







SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA

Rubén Darío



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Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos

lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;

mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;

retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,

se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,

y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron

encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,

cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,

la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!


Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba

o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,

ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,

mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,

del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,

digan al orbe: la alta virtud resucita,

que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.


Abominad la boca que predice desgracias eternas,

abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,

abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres

o que la tea empuñan o la daga suicida.

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,

la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;

fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,

y algo se inicia como vasto social cataclismo

sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas

no despierten entonces en el tronco del roble gigante

bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?

¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos

y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo

ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,

la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,

que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,

ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,

tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.


Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos:

formen todos un solo haz de energía ecuménica.

Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,

muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.

Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente

que regará lenguas de fuego en esa epifanía.

Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros

y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,

así los manes heroicos de los primitivos abuelos,

de los egregios padres que abrieron el surco prístino,

sientan los soplos agrarios de primaverales retornos

y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.


Un continente y otro renovando las viejas prosapias,

en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,

ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:

en un trueno de música gloriosa, millones de labios

saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,

Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva

la eternidad de Dios, la actividad infinita.

Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,

¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!


Rubén Darío / 1905


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A pesar de que el día no ha despertado todo lo bien que debiera, pues Manuel Alexandre, uno de nuestros más entrañables y ancianos actores, acaba de partir de este mundo, no puedo dejar de felicitar en nuestro, sin embargo, día grande a todas las Pilares, a los españoles de los cuatro puntos cardinales y al conjunto de la comunidad Hispana allende los mares: en América, en África y Extremo Oriente. A la memoria de este grande de la escena, q.e.g.e., y a todos vosotros está dedicada esta entrada...


HOY SUENA

Atribuída a Hernando Franco / Nueva España / Siglo XVI

Sancta María

Renacimiento / Nahúatl


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viernes, 8 de octubre de 2010

- ESPÍRITUS FRATERNOS / Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010 / De la autocrítica al Nobel descontado Los seis cuentos...

Autocrítica

Mario Vargas Llosa



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Los seis cuentos de «Los jefes» son un puñado de sobrevivientes de los muchos que escribí y rompí cuando era estudiante, en Lima, entre 1953 y 1957. No valen gran cosa, pero les tengo cariño porque me recuerdan esos años difíciles en los que, pese a que la literatura era lo que más me importaba en el mundo, no me pasaba por la cabeza que algún día sería, de veras, escritor.

Me había casado muy joven y mi vida estaba asfixiada de trabajos alimenticios, además de las clases universitarias. Pero, más que los cuentos que escribí a salto de mata, lo que guardo en la memoria de esos años son los autores que descubrí, los libros queridos que leí con esa voracidad con que uno se envicia de literatura a los dieciocho años. ¿Cómo me las arreglaba para leer con los trabajos que tenía? Haciéndolos a medias o muy mal. Leía en los ómnibus y en las aulas, en las oficinas y en la calle, en medio del ruido y de la gente, parado o caminando, con tal de que hubiera un mínimo de luz. Mi capacidad de concentración era tal que nada ni nadie podía distraerme de un libro (he perdido esa aptitud). Recuerdo algunas hazañas: «Los hermanos Karamazov», leído en un domingo; la noche en blanco con la versión francesa de los «Trópicos», de Henry Miller, que un amigo me prestó por unas horas; el deslumbramiento con las primeras novelas de Faulkner que cayeron en mis manos —«Las palmeras salvajes», «Mientras agonizo», «Luz de agosto»—, que leí y releí con papel y lápiz, como libros de texto.


Esas lecturas impregnan mi primer libro. Para mí es fácil reconocerlas ahora, pero no lo era cuando escribía los cuentos. El más antiguo, «Los jefes», en apariencia recrea una huelga que intentamos en el colegio San Miguel, de Piura, los alumnos que regresábamos y en la que fracasamos merecidamente. Pero, en realidad, es un eco desafinando de «L'Espoir», de Malraux, que iba leyendo mientras lo escribía.


«El desafío» es un cuento memorable, pero por razones que no pueden compartir los lectores. Una revista parisiense de arte y viajes —«La revue française»— dedicó un número al país de los incas y con este motivo organizó un concurso de cuentos peruanos cuyo premio era nada menos que un viaje a París de quince días, con alojamiento en un hotel, El Napoleón, desde cuyas ventanas se veía el Arco del Triunfo. Naturalmente, hubo una epidemia de vocaciones literarias en el territorio nacional y acudieron al concurso centenares de cuentos. Se me acelera de nuevo el corazón cuando veo entrar a mi mejor amigo al altillo donde yo escribía noticiarios para una radio a decirme que «El desafío» había ganado el premio y que París me esperaba con banda de música. El viaje fue verdaderamente inolvidable y estuvo lleno de episodios más divertidos que el cuento que me lo brindó. No pude ver a Sartre, mi ídolo del momento, pero sí a Camus, a quien con tanta audacia como impertinencia abordé a la salida del teatro donde ensayaba una reposición de «Les Justes» y le infligí una revistilla de ocho páginas que sacamos en Lima tres amigos (me sorprendió su buen español). En El Napoleón descubrí que mi vecina de pasillo era otra laureada, que disfrutaba también de quince días gratis de hotel —Miss France 1957— y pasé mucha vergüenza cuando, en el restaurante del hotel, Chez Pescadou, donde entraba de puntillas temeroso de arrugar la alfombra, me alcanzaron una red y me indicaron que debía pescar en el estanque del comedor la trucha que, por pura ignorancia, había señalado en el menú.


Me gustaba Faulkner, pero imitaba a Hemingway. Estos cuentos deben mucho también al legendario personaje que, en esos años, precisamente, vino al Perú a pescar delfines y cazar ballenas. Su paso nos dejó un relente de historias aventureras, diálogos parcos, descripciones clínicas y datos escondidos al lector. Hemingway era una buena lectura para un peruano que comenzaba a escribir hace un cuarto de siglo: una lección de sobriedad y objetividad estilísticas. Aunque había pasado de moda en otras partes, entre nosotros todavía se practicaba una literatura de campesinas estupradas por ignominiosos terratenientes, escrita con muchas esdrújulas, que los críticos llamaban «telúrica». Yo la odiaba por tramposa, pues sus autores parecían creer que denunciar la injusticia los eximía de toda preocupación artística y hasta gramatical; y, sin embargo, compruebo que ello no me impidió quemar incienso en ese altar, porque el hermano menor incurre en tópicos indigenistas, condimentados, tal vez, con motivos procedentes de otra de mis pasiones de la época: los «western» cinematográficos.


«El abuelo» desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: «A delicate prey» y «The sheltering sky»— y de un verano limeño de gestos decadentes: íbamos al cementerio de Surco a medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo. A la médium, pariente mía, las almas le dictaba todos los mensaje con idénticas faltas de ortografía. Eran noches intensas y desveladas, pues las sesiones, aunque nos dejaban escépticos sobre el más allá, nos encrespaban los nervios. A juzgar por «el abuelo» fue sabio no insistir en el género malévolo.


El cuento de «Los jefes» al que le perdonaría la vida es «Día domingo». La institución del «barrio» —fraternidad de muchachas y muchachos con territorio propio, espacio mágico para el juego humano que describió Huizinga— es ya obsoleta en Miraflores. La razón es simple: los jóvenes de la clase media limeña tienen ahora, desde que dejan de gatear, bicicletas, motocicletas o automóviles que los traen y llevan a gran distancia de sus casas. Así, cada cual arma una geografía de amigos cuyas curvas se ramifican por la ciudad. Pero hace treinta años solo teníamos patines que apenas nos permitían dar vueltas a la manzana y ni siquiera los que llegaban a la bicicleta iban mucho más lejos, pues las familias se lo prohibían (y en esa época se las obedecía). Así, los muchachos y muchachas estábamos condenados a nuestro «barrio», prolongación del hogar, reino de la amistad. No hay que confundir al «barrio» con el gang norteamericano —masculino matonesco y «gasteril»—. El «barrio» miraflorino era inofensivo, una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declararse a las chicas. Las inquietudes no eran demasiado elevadas: se reducían a divertirse al máximo cada día feriado y cada verano. Los grandes placeres se llamaban correr olas y jugar «fulbito», bailar con gracia el mambo y cambiar de pareja cada cierto tiempo. Acepto que éramos bastante estúpidos, más incultos que nuestros mayores —que ya es decir— y ciegos para lo que ocurría en el inmenso país de hambrientos que era el nuestro. Eso lo descubriríamos después, y también la fortuna que significaba haber vivido en Miraflores y tenido un «barrio». Y, retroactivamente, llegaríamos en un momento dado a sentir vergüenza. También eso era estúpido: uno no elige su niñez. En la que me tocó , los recuerdos más cálidos están todos ligados a esos ritos de mi «barrio» con los que —sumada la nostalgia— escribí «Día domingo».


También el «barrio» es el tema de «Los cachorros». Pero este relato no es pecado de juventud sino algo que escribí de adulto, en 1965, en París. Digo escribí y debí decir reescribí, poque hice por lo menos una docena de versiones de la historia, que nunca salía. Me rondaba la cabeza desde que leí, en un diario, que un perro había emasculado a un recién nacido en un pueblecito de los Andes. Desde entonces soñaba con un relato sobre esa curiosa herida que, a diferencia de las otras, el tiempo iría abriendo en vez de cerrar. A la vez, le daba vueltas a una novela corta sobre un «barrio»: su personalidad, sus mitos, su liturgia. Cuando decidí fundir los dos proyectos comenzaron los problemas. ¿Quién iba a narrar la historia del niño mutilado, el «barrio»? ¿Cómo conseguir que el narrador colectivo no borrara a las varias bocas que hablaban por la suya? A fuerza de romper papeles, poco a poco fue perfilándose esa voz plural que se deshace en voces individuales y rehace de nuevo en una que expresa a todo el grupo. Quería que «Los cachorros» fuese una historia más cantada que contada y por eso, cada sílaba está elegida tanto por razones musicales como narrativas; no sé por qué sentía que, en este caso la verosimilitud dependía de que el lector tuviera la impresión de estar oyendo, no leyendo; que la historia debía entrarle por los oídos. Estos problemas, digamos técnicos, fueron los que me absorbieron. Mi sorpresa fue la variedad de interpretaciones que merecían las desventuras de Pichula Cuellar; parábola sobre la impotencia de una clase social, castración del artista en el mundo subdesarrollado, paráfrasis de la afasia provocada en los jóvenes por la cultura de la tira cómica, metáfora de mi propia ineptitud de narrador. ¿Por qué no? Cualquiera puede ser cierta. Una cosa que he aprendido, escribiendo, es que en este quehacer nunca nada está del todo claro: la verdad es mentira y la mentira verdad y nadie sabe para quién trabaja. Lo seguro es que la literatura no resuelve problemas —más bien los crea— y que en vez de felices hace a las gentes más aptas para la infelicidad. Así y todo ella es mi manera de vivir y no la cambiaría por otra.
/ La tercera de ABC / 17 de marzo de 1979 / 8 de octubre de 2010



Nobel descontado

Ignacio Camacho



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Hay escritores que llevan en su bolsillo el Nobel como los soldados de Napoleón llevaban en la mochila el bastón de mariscal. De un modo innato, esencial, inherente a su fama, a su universalidad y a su talento. Mario Vargas Llosa es uno de ellos. Olía a Nobel desde que hace cincuenta años irrumpió en el boom latinoamericano con el relato crudo, seco, cortante de aquel colegio militar limeño en cuya atmósfera de crueldad iniciática biseló su propia identidad de escritor puro, total y arrebatado, entregado a la literatura como una pasión insaciable y redentora. Y desde entonces no ha hecho sino ganar y engrandecer cada día, con la disciplina flaubertiana de una vocación incansable, el premio moral de un prestigio tan inmenso que ha terminado condecorando él mismo a esa errática Academia que al fin ha decidido, entre tanteos multiculturales y agasajos de corrección política, hacerse un poco de justicia a sí misma.

Vargas Llosa es el paradigma contemporáneo del oficio de escribir, adornado además con una personalidad social arrolladora y un compromiso ético e ideológico. Brillante, culto, educado, versátil, seductor, mediático; gran conversador políglota de verbo hipnótico y prosodia envolvente; ensayista riguroso y articulista ameno; lector profundo y constante, de una curiosidad abismal; hombre de cortesía antigua, dueño de una elegancia intelectual acorde con su porte físico de señorial patricio cosmopolita; pero sobre todo dominador absoluto, portentoso, del oficio de escribir, de la técnica narrativa, de la voluntad de estilo, del secreto de la expresión certera y del esplendor de un idioma que conoce y maneja hasta en sus más íntimos recovecos, hasta en su más prolija diversidad geográfica a ambos lados del Océano. Escritor constante, metódico, ordenado, preciso, laborioso, radical, iluminado en su tenacidad por los relámpagos de la excelencia y del talento. Un demiurgo capaz de cartografiar en la soledad de su escritorio —yo lo he visto a veces aplicado en su cuaderno, ya en pleno esplendor de notoriedad popular, aislado del ambiente en la mesa de un céntrico café de Madrid— no sólo el mapa humano del poder que ha destacado el Comité del Nobel sino todo el genoma moral de la especie, que ha sabido encerrar entre los muros de una arquitectura novelística omnímoda, polifónica, potente, vigorosa y coral.

Por todas esas razones era —como antes Borges o Baroja, como ahora aún Kundera, Auster o Wolfe— un Nobel in pectore al que sólo se podían permitir ignorar los hieráticos miembros de la Academia de Estocolmo, encerrados en su burbuja de equilibrios geopolíticos y cuotas de minorías raciales. Ayer, cuando la noticia saltó en la prensa online y los noticiarios, sus lectores sentimos la sorpresa de una cosquilla de dèja vu. Porque aunque increíblemente aún no lo tenía, la mayoría de nosotros ya se lo había descontado. / Una raya en el agua / ABC / 8 de octubre de 2010



Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1986
Premio Cervantes 1994


HOY SUENA

Hoy cielo y tierra compiten / Anónimo / Siglo XVII

Barroco Peruano

Coro Exaudi de La Habana


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miércoles, 6 de octubre de 2010

- LA ANTIGÜEDAD / Los godos / Puerta de los Judíos o del Cambrón / 1576 / Toledo / Aunque su traza data de 1576, sus orígenes se remontan al período visigótico



RECAREDO

Sefarad



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Dejando al margen el tercero de los interrogantes que se planteaban en la anterior entrada, el que se refería a los objetivos, en cuanto que éstos se deducen con facilidad de las respuestas dadas a los dos primeros, conviene ahondar en los posibles resultados históricos devenidos de la función o interpenetración de ambas instancias -Estado e Iglesia-, los cuales, sin ánimo exhaustivo, podrían tipificarse del siguiente modo:

1.- Escisión o división de la nación en función de la aceptación o el rechazo del esquema de valores religiosos impuesto.


2.- Aparición de grupos de marginados religiosos.


3.- Aparición y florecimiento de amplios sectores de "enemigos" de la religión.


4.- Catolicismo sociológico predominante
-que podría calificarse asimismo como cultural, de no ser por las connotaciones que la expresión tiene dentro del contexto analítico del fenómeno religioso-, esto es, una religiosidad aceptada y practicada como parte integrante de la cultura de la sociedad. Dudar sobre su existencia no tiene apenas sentido, ya que en el caso hispanovisigodo se presenta de una forma nítida.

Pero ese mismo catolicismo sociológico no exime de la aparición de grupos marginales religiosos -tal es el caso, institucionalmente, de los judíos- y de desviaciones heréticas alimentadas en su dramatismo por el contexto cerrado en que la expresión público-religiosa se desenvuelve.


En efecto, la fusión del arrianismo y el catolicismo, llevada a cabo a costa de sacrificar el primero, obliga al Estado hispanovisigodo a crear un chivo expiatorio en el que descargar las iras de una tensión religiosa nada soterrada. No cabe duda alguna acerca de que este papel, no deseado -obviamente-, pero imprescindible, lo desempeñara la comunidad judía hispanovisigoda -la gran perjudicada-, que va a ser de esta suerte utilizada funcionalmente para mantener y conservar los mecanismos de solidaridad socio-religiosa de los que el Estado precisa.


Antigua sinagoga del Tránsito / Hejal / Siglo XIV / Toledo




La historia del pueblo judío en España está plagada de persecuciones desde los tiempos más antiguos, como muestra esta consecuencia del paso de la monarquía arriana al catolicismo. Pero no se debe perder de vista que los judíos han detentado en muchos momentos de la historia el poder económico, y eso hacía que las iras del pueblo se pudieran dirigir hacia ellos con suma facilidad. Por lo demás, esta animadversión hacia ellos impulsará la creación de un partido judío promusulmán que triunfará con la invasión árabe de la península Ibérica en 711.



De ello se tiene constancia documental suficiente, por ejemplo, en la primera de las cartas que el Papa San Gregorio Magno envía a Recaredo. En ella se alude a ciertas leyes contra los judíos dictadas, con toda seguridad, desde el III Concilio de Toledo por el monarca hispano, a las que la comunidad hebrea, como no podía ser de otro modo, intentó oponerse con todas sus fuerzas y recursos, como demuestra a su vez el hecho de que ésta tratara de persuadir al Rey en relación a su promulgación recurriendo incluso al soborno –una suculenta suma de dinero-, que Recaredo, apoyado en este punto por el Papa, rechazó con rotundidad.

En función de tales circunstancias, los obispos que participaron en el III Concilio de Toledo hicieron explícita su escasa apertura hacia la minoría hispanojudía en una serie de prohibiciones, a saber:


1.- Ningún judío podía casarse con una cristiana y, en cualquier caso, el hijo de ambos debía ser inmediatamente bautizado.


2.- Ningún judío poseía el privilegio de comprar esclavos cristianos.


3.- Ningún judío podía ostentar un cargo público en virtud del cual pudiera castigar la infracción cometida por un cristiano.


Al margen de éstas, destinadas exclusivamente a dicho sector de la población, el resto de las decisiones adoptadas por los obispos y ratificadas después por el Rey a través del Edicto, se podrían clasificar del siguiente modo:


a) Medidas relativas a la celebración de los sínodos provinciales.
Cabe destacar de entre ellas que, finalmente, "en vista de lo largo de los viajes y de la pobreza de las iglesias españolas", únicamente se convocaría una reunión anual, si bien lo preceptuado era celebrar dos sínodos provinciales al año.

b) Medidas acerca de la moralidad, como aquella en virtud de la cual se obligaba a separar a los clérigos de las mujeres que pudieran infundir a la colectividad "infamantes sospechas", las cuales -se añade- deberían ser vendidas en calidad de esclavas; o la prohibición de casar con ninguna mujer -virgen o viuda- que hubiera hecho voto de castidad, bajo sanción de exilio y pérdida territorial
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c) Medidas orientadas al castigo de la desobediencia de los clérigos y al mantenimiento de la disciplina eclesiástica bajo pena de excomunión a los infractores.
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(1) Aunque su traza actual data de 1576, sus orígenes se remontan al período visigótico. La primera de sus denominaciones se debe al hecho de que a través de esta puerta se accedió hasta el siglo XV a la antigua judería toledana



HOY SUENA

Romance tradicional sefardí

Punsha la rosa

Mediterránea / Sevilla / 2007


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